No es mi deseo meterme con ellos, los de al lado. Ya fueron víctima de infinidad de disertaciones. Se intentó por todos los medios convencerlos, alejarlos, luego persuadirlos de nuevo, informarlos. No, no, no, nada tuvo sentido para quienes pueden emocionarse esperando el próximo número de una revista igual a muchas, que les cuenta como hacer suéteres con migas de pan duro plasticola.
Pasión entonces, aclarado eso. Es también un momento como otros en que nos unimos como país para apoyar, o no, a nuestro equipo nacional. Pero no es que de repente vamos a ser el mejor país en el mundo por eso. Simplemente es fútbol, es deporte, es alegría, pero solo en este aspecto. No sucederá que repentinamente los indicadores de riesgo país y de inversión van a tener una mejora porque al equipo de Diego le vaya bien.
Entonces, porque esa incipiente necesidad de quienes no comprenden nuestro largo sufrimiento en espera de un mundial; léase cuatro largos años de partidos en el ascenso, en primera, luego en el ascenso otra vez, yendo a comerse insultos y amargura en la cancha de ellos, yendo a comerse insultos y amargura en cancha propia, comprando diarios, revistas, cuanto este al alcance para hacernos de la información más necesaria, comentando interminables veces esa jugada una y otra y otra vez, teniendo suerte y siendo estafado cuando no se tiene fortuna en los fallos, los aciertos, los triunfos milagrosos, los trabajados, aquellos momentos de gloria cuando se llena la garganta de gol; el momento cúlmine del fútbol, lo máximo que se puede lograr.
Argentina, como país futbolero, contiene a millones de fanáticos de este suceso popular. Pero ninguna afición es generalizable y caben los que no la comparten. Esta bien, pero ¿qué motivo los lleva a unírsenos trastocando sus creencias para festejar o sufrir con nosotros? ¿Aislamiento quizá? No, no son tan pocos. ¿Persuasión del fútbol para con ellos? Tampoco, si después de la final ninguno se acuerda de lo que para nosotros es vital (minuto exacto de aquel gol mágico, los nombres, la cancha, lo que dijo el vecino que iba a pasar). A ellos digo: no hace falta, no queremos que finjan un gusto que no tienen, o que no lo finjan (¡¡que es peor!!)
No se unan a nuestra fiesta si no la quieren de antemano, nosotros no nos enojamos. Tampoco busquen en nuestro ensimismamiento la causa a los demás problemas. Se acaba el fútbol y empieza lo demás. No hay derrame.
Pero ¿para qué todo esto? Muy simple. El mundial llegó y es inevitable todas esas conjeturas. Una es para mí la más importante y no pude dejar pasar esta oportunidad para escribir aquí. Leí muchas veces artículos muy variados en torno al “Ser Argentino”, buscando esa incógnita interminable que los argentinos no podemos evitar en nuestra búsqueda de identidad. ¿No nos deja continuar? Bueno, esa es tela para otra historia. Como es pensable, el fútbol aparece aquí y allá. Una me quedó. “Ser argentino”, decía una opinión, “es estar con la familia los domingos, comer ravioles y mirar el partido”
Ser argentino: yo no encuentro un momento mejor, un momento que no ansíe más, que no extrañe más su falta cuando la bandera no flamea en donde esté, que ser argentino es gritar el gol de argentina y abrazar a mi viejo, tomando mates con mi vieja. Por suerte eso se está por repetir...
Por: Marcos Bernaola

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